[Desde 2013 recopilando la voz de la escena]

MELODY Y LA MUERTE A LAS ETIQUETAS

Desde Río Piedras hasta los pequeños salones de jazz en Nueva York, Melody regresa a Puerto Rico con una urgencia clara: usar la música como un espacio para entender de dónde venimos y hacia dónde vamos. A sus 24 años, su propuesta no busca encajar en lo establecido, sino abrir preguntas. Su sonido se mueve entre el duelo, el agua y la memoria del Caribe, construyendo un lenguaje propio que se siente íntimo y necesario.

En la actualidad, Puerto Rico produce una cantidad de música en todos sus manifiestos posibles que parecería una hazaña imposible si miramos el presente con los ojos de hace dos décadas. Tenemos producciones en subgéneros y nuevos códigos que compiten con ciudades como Santiago, Ciudad de México y Buenos Aires, por mencionar algunas. Se produce demasiado contenido musical para una clase artística que, en su mayoría, lucha contra la desigualdad del sistema y la falta de apoyo gubernamental. 

Como tantos en la industria local, Melody también camina en sentido contrario. Su música no se escucha, se atraviesa: es un viaje que parte del bolero clásico de su abuela, se pierde en las armonías complejas del jazz moderno y aterriza en una producción propia que ella misma define como “un intento de matar los géneros”.

Sentarse con Melody es entender que, para ella, la creación es un acto de resistencia y espiritualidad. Habla de la sangre, de la violencia colonial y de la paz del sistema nervioso con la misma sinceridad con la que navega entre el jazz contemporáneo y la experimentación sonora como productora de sus discos.

En esta conversación exploramos las heridas que dieron forma a su nuevo disco, la soledad de la producción independiente y esa obsesión por la sinceridad que la ha llevado a crear un sonido “azul” que, de repente, se vuelve “amarillo” para dejarnos sentir el duelo.\

SPR:  ¿Cómo llegas a la música? ¿Cuáles son tus inicios aquí en la isla?

Melody: Mi familia siempre fue amante y practicante de la música. Mi abuelo paterno era pianista clásico; recuerdo el piano de cola en casa y cómo tocaba danzas puertorriqueñas, algo que sentía como una bendición para el hogar. Mi abuela materna cantaba boleros en los años sesenta, presentándose como solista en los hoteles y en Santurce. Ella me transmitió ese legado; una de las primeras canciones que me enseñó fue Ola y Arena de Silvia Rexach.

Aunque la música estaba presente, empecé por la danza en el Taller de Bellas Artes de San Juan. Pero a los 11 años, por intuición, pedí clases de música y elegí el violín. Estudiar de oído me abrió una puerta que no sabía que quería explorar. Tras varias pausas por situaciones económicas, a los 15 años busqué mentoría en canto. Pasé por el Conservatorio y el Taller de Bellas Artes de Guaynabo, pero me desilusioné porque sentía que querían convertirme en algo que yo no era

SPR: Comentabas sobre tu transición en la Universidad, ¿cómo fue ese tránsito de la antropología al compromiso total con la música?

Melody: Entré a la universidad para estudiar antropología, pero terminé en el coro de la UPR. Estar rodeada de 70 voces buscando el mismo un mismo fin me abrió la conciencia sonora. Luego llegó el COVID-19 y, en medio de la desilusión, empecé a producir por mi cuenta. Me topé con la realidad de que la escena musical tiene dinámicas de raíz sexista y misógina, lo que me impulsó a aprender producción técnica. 

Usaba un software llamado Reaper y aprendía con tutoriales de YouTube en mi apartamento en Río Piedras, grabando entre el ruido de los carros de la avenida. En 2021 decidí arriesgarme y solicité ingreso a universidades en Nueva York. Me aceptaron en The New School y en Purchase. Irme en pleno COVID fue un choque cultural, pero allí conecté con profesoras y compositoras que me impulsaron a escribir y a dirigir mi propia obra.

SPR: Ser tu propia productora es una apuesta fuerte. ¿Cómo ha influido esa autonomía en tu carrera actual?

Melody: Es una bendición. No tengo que esperar por nadie. Me encanta sentir paz y que mi sistema nervioso esté tranquilo mientras trabajo. Con el tiempo me di cuenta de que tengo buen oído y esos detalles se convirtieron en algo que amo. Hoy, tener mi propio estudio me ha permitido grabar a otros artistas. Reconozco que tengo un don y quiero usarlo para repartir algo distinto en una escena que está saturada de lo mismo.

SPR: Volviste a Puerto Rico en 2023. Desde tu perspectiva, ¿cuáles son los retos más significativos de hacer música en la isla hoy?

Melody: El reto más grande ha sido encajar. Soy una persona multifacética y este disco es, en esencia, mi intento de “matar los géneros”. Siento que la muerte de las etiquetas es imprescindible para transformar nuestra creatividad como archipiélago. Pero hay barreras reales. La escena está saturada de hombres blancos que perpetúan ideas muertas. Es triste, porque quienes realmente cargan hoy con la escena de la música afrocaribeña, la bomba, la plena y el jazz en Puerto Rico, son las mujeres y las personas trans; sin embargo, no son quienes ocupan los escenarios principales. Navegar esto como mujer de color es desilusionante. El 2025 fue un año de poco tocar en vivo, pero de mucha transformación interna. Aprendí que vale más la calidad que la cantidad y que no necesito validación externa.

SPR: Hablemos del texto y la historia de esta producción. ¿Qué quieres comunicar? ¿Hacia dónde guías a la gente con tus canciones?

Melody: No es una historia lineal. Mi intento fue ir desde el comienzo del colonialismo. El intro, Cariba, habla de la sangre y el agua como entidades que limpian. Hay un duelo de siglos relacionado con la violencia de género y las pérdidas de la guerra. Pero así como hablo de la muerte, hablo de la vida y el amor.

El tema [El secreto del mar] trata sobre cómo el agua guarda historias que fueron borradas. En el disco también incluyo Agüí, una pieza instrumental donde utilizo el sonido del batá para honrar a las deidades del agua. Visualmente siento el disco “azul”, pero cuando se enfrenta al duelo se vuelve “amarillo”. Hay que permitirse sentir esa tristeza que tiene más de 500 años. También incluí el bolero Cosas del alma, que habla de un amor universal que vive dentro de uno mismo.

SPR: Al escucharte, la primera palabra que viene a la mente es “sinceridad”. Proyectas una madurez que suena a alguien con décadas de experiencia. ¿Cómo llegaste a ese nivel de interpretación?

Melody: Sé que parezco mayor por mi voz, pero tengo 24; simplemente he vivido mucho y eso se refleja. Para mí, componer es un proceso espiritual. Muchas canciones me llegan como “rayos de luz” por la mañana. La técnica sirve, pero lo que hace una buena composición es la conexión con la historia y el espíritu.

SPR: Finalmente, ¿qué música estás escuchando ahora mismo que alimente esa visión?

Melody: Escucho menos música ahora para mantenerme genuina, pero en el 2025 conecté profundamente con la pianista etíope Emahoy Tsegué-Maryam Guèbrou. También descubrí a Freddy (Fredesvinda García), una cantante cubana del “feeling” que falleció muy joven. Su disco La voz del sentimiento tiene unos arreglos de bolero hermosos. 

Me interesa mucho esa madurez interpretativa que se está viendo ahora en muchas mujeres jóvenes; es un nivel inmenso que me inspira a seguir en este camino en el 2026. En Puerto Rico, Sabor a Rumba un grupo de mujeres, personas no binaries y trans rumberas me han inspirado inmensamente. Por otro lado, visualmente,el trabajo del artista Gadiel Rivera resonó conmigo en el 2025. Logré colaborar en varias de sus exhibiciones. También es el autor del arte del álbum. Su trabajo es ancestral por lo que me pude ver de múltiples maneras en sus obras. 


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